from a late night riff

tocar la guitarra es como follar, dormir y el dinero: cuanto más tienes, más quieres. (o al menos eso dicen)

Estos días, no sé cómo ni con qué pretexto, he recuperado forma tocando, es como si de pronto mi memoria muscular digital haya decidido estirarse como un chicle y mostrarme que con tres días dejándome llevar vuelve el tigretón de corchopán: tooooca, toooooca, toca un poquito, toca horas, desenchufado, ahora amplifícate, ahora con efectos, ahora sin efectos, emborráchate de sonido.

Lo más excitante de tocar un instrumento es que cuando lo coges no tienes ni idea de lo que va a pasar, no sabes qué vas a estar tocando dentro de cinco minutos, igual ya te has aburrido y has dejado de tocar, o puede que recuerdes esa canción que tanto te gusta y llevas taanto tiempo sin tocar,, y, a veces, sale, unas notas que se escapan de lo calculado, frescas, se llevan por sí solas hacia el país de la composición, y ahí nace una melodía, un poco sin darte cuenta, y te ves excitado, crujiendo los dedos y ganando papeletas para una tendinitis.

 
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