alégrame el día, cajera

Fui por segunda vez al supermercado, esta vez en busca de vitaminas, unos tomates por acá, unas zanahorias por allá, cuando fui por la mañana se me olvidó entregarle a la cajera el ticket del pfand, y además, con el nerviosismo de las prisas, pagué con un billete, así que, again, me veía con los bolsillos llenos de chasca.

Esta vez sería diferente, cabrona, te voy a pagar con monedas, y voy a tener suficiente. Cuento mientras hago la cola, tengo 4€66céntimos, me los meto en el bolsillo de la chaqueta, estoy listo para desenfundar cuando me digas el precio, “vier sechsundsechzig” – el tiempo se para, el mundo queda mudo, el negro de Brooklyn está suspendido en el aire a 10 centimetros de machacar la canasta, miro la pantallita de la caja para cerciorarme.

4.66€!

Exactamente el dinero que llevaba en bolsillo!
Yo ya casi me saco la polla y golpeo los guisantes mientras el confeti caía y las azafatas pechugonas sonreían.

Mientras tanto, en el mundo real, le di el dinero, y, aunque no inmutó su rictus, tuvo que fliparlo: este loco ha calculado producto por producto cuánto le iba a costar y me ha dado la guita exacta ipso facto.

La sonrisa que le hice al vigilante de la puerta fue histórica: tú no lo sabes, bigotes, pero un tio te va a nombrar hoy en su blog.


 
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